¿Con Qué Tipo de Amor Amas?

Tipo de Amor
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¿Con qué tipo de amor amas?
por: Samuel D. Miranda

Cada vez que echo un vistazo al listado de los doce apóstoles de Cristo me imagino qué difícil debió ser para nuestro Salvador lidiar con un grupo tan
heterogéneo de seguidores. Si, porque a diferencia de lo que muchos puedan pensar, estos discípulos poseían características sumamente peculiares, que muy bien podían desilucionar hasta al más optimista de los seres humanos. Leamos parte de un informe al respecto y saquemos nuestras propias conclusiones.

Dos parejas de hermanos pescadores: un par de ellos eran apodados “hijos del trueno” por sus caracteres iracundos, mientras que dentro del otro dúo se destacaba un hombre sumamante impulsivo y parlanchín . Un detestable y antipopular cobrador de impuestos. Un discípulo marcadamente incrédulo y ausentista. Un ultra radical anti romano con la sangre más fría que un témpano de hielo. Un infame ladrón y traidor que se resguardaba en su cargo de tesorero del grupo, que era capaz de vender su alma al diablo por unas míseras monedas de plata…y mejor lo dejamos ahí, pues sospecho que nada más alentador de lo que hemos leído hasta ahora pudiera salir a la luz.

Por supuesto que la presencia divina de Cristo fué el ente armonizador en torno a su círculo íntimo de amigos.Y es que fué el propio ejemplo de Jesús lo que hizo posible que sus seguidores lograran superar las barreras sociales, políticas, culturales y de todo tipo que existían entre ellos, para solo así salir adelante y cumplir la misión encomendada por el Mesías.

Sin lugar a dudas es muy difícil aceptar que seres humanos tan diferentes como Mateo y Simón el Zelote, por solo citar un ejemplo, pudieran haber convivido juntos más de tres años como hermanos, siguiendo a Jesús como dos de sus discípulos. El primero era un cobrador de impuestos de la época, osea, un lacayo del Imperio Romano encargado de recaudar tributos en detrimento de sus hermanos judíos. Como es de suponer, este tipo de personajes era repudiado masivamente por los israelitas, pues eran considerados unos traidores a su patria al servir abiertamente a la nación que los oprimía. Pero si aún todo esto no resultara suficiente como para ser odiados a muerte, es importante destacar que estos publicanos obtenían sus ganancias económicas cobrando a los desafortunados judíos una porción de dinero mayor de la establecida por Roma. Osea, que aparte de ser traidores, también eran ladrones.

El otro discípulo mencionado, Simón, pertenecía al partido político ultranacionalista más radical de su época: los Zelotes. Eso implicaba que todo
lo que oliera a Imperio Romano era rechazado tajantemente por este tipo de personas. Tal era el celo de este grupo tan reaccionario, que sus
integrantes eran capaces hasta de asesinar a cualquiera que se declarara a favor de los romanos. Eran hombres que podían llegar a ser muy violentos y hábiles alborotadores, capaces de armar revueltas y de provocar sublevaciones a través de toda la Palestina, fomentando así la rebelión judía en contra del Imperio Romano. Peligrosos estos muchachos ¿eh?.

Es evidente que a estos dos discípulos, desde el punto de vista humano, les hubiera sido imposible reconciliar sus intereses y enfocar al unísono sus
vidas, si solo sus fuerzas y voluntades físicas hubieran mediado en el conflicto. Tan opuestas eran sus actitudes, profesiones, costumbres e ideologías, que me imagino la reacción del resto de los doce cuando presenciaron boquiabiertos como Cristo los escogió a ambos dentro de su selecto grupo de seguidores. Casi puedo escuchar a Pedro susurrarle en el oído a Andrés lo siguiente : “¿te imaginas querido hermano como será de grande las pelea entre estos dos nada más crucen la primera mirada?”. Y unos pasos más atrás posiblemente Tomás le dejaba saber a Bartolomé: “cuando el pueblo sepa que Mateo es uno de nosotros, o a oídos de Roma llegue que en nuestras filas hay un Zelote, ¡nuestros días estarán contados!”.

Sin embargo, como siempre sucede, la decisión de Jesucristo fué perfecta. ¿Cómo lograron entonces estos hombres tan incompetentes formar parte de una sola familia a pesar de sus enormes diferencias?. El secreto es muy simple. Solo un Amor que todo lo soporta como el que Pablo menciona en 1 Corintios 13:7, logra transformar vidas por muy imposible que esto parezca. Ese fué el Amor que Cristo transmitió a su discípulos y que posibilitó que Mateo y Simón el Zelote pudieran limar asperezas, olvidar sus marcadas diferencias, y unirse en pos de servir a Cristo, dispuestos incluso a dar sus vidas por El si fuera necesario. Ese fue el Amor que Jesús mostró sanando enfermos y haciendo todo tipo de milagros sin importarle el status social o la nacionalidad de los necesitados. Ese fue el Amor que Cristo derramaba a diario incluso sobre Judas Iscariote, el discípulo que El mismo sabía lo iba traicionar. Ese fue precisamente el Amor que Cristo mostró en la Cruz del Calvario al morir por toda la humanidad, soportando el dolor, el rechazo, la burla, la traición, y el peso del pecado sobre si mismo.

El propio Pablo aconseja en el capítulo 4 versículo 2 de la Epístola que le escribió a los cristianos de Efeso, que se soportaran los unos los otros en amor. Una vez más la palabra de Dios insta a reflejar en nuestras propias vidas el Amor que todo lo soporta. Si, porque si creemos que solo Cristo pudo por su condición de Dios amar de esa manera, entonces estamos equivocados. El Amor que todo lo soporta está también a nuestro alcance, así como lo estuvo para los cristianos de Efeso y para aquellos hombres de Dios que decidieron obedecerlo.

Moisés experimentó ese Amor al mostrarse manso y paciente con el volátil pueblo de Israel en medio del desierto. El Amor que todo lo soporta permitió a David perdonarle varias veces la vida a Saúl a pesar de que éste lo perseguía constantemente para matarlo. Ese fue el Amor que moraba dentro de Esteban cuando a punto de morir apedreado a manos de una turba judía, pidió a Dios que no le tuviera en cuenta aquel pecado a sus asesinos. Y ese es el mismo Amor que Dios demanda hoy día de nosotros sus hijos.

Creo que sería sabio hacer un breve repaso de nuestras vidas. ¿Qué tipo de amor estamos transmitiendo a nuestros hermanos en Cristo, familia,
amigos, compañeros de trabajo o estudios, y hasta a nuestros enemigos? ¿Acaso es el producido por nuestros instintos humanos y nuestros
propios sentimientos? ¿Somos verdaderamente espejos que reflejamos a nuestros semejantes el Amor de Cristo que todo lo soporta?
Si la calidad de nuestro amor no es la requerida, entonces no estamos obedeciendo a Dios como debemos. No basta con dar amor a quienes nos
rodean, si éste no está debidamente autenticado por la sangre de nuestro Señor Jesucristo. Nunca podremos dar lo que no hemos recibido. Por lo tanto es indispensable experimentar personalmente ese Amor que solo Cristo nos puede regalar, para así legitimarlo, y entonces poder vivirlo a plenitud entregándoselo a otros.

Diferencias de criterios, actitudes y modos de ver la vida siempre habrán en nuestras iglesias, sociedades y familias. Pero solo un ingrediente puede hacer de todo esto algo secundario y por tanto superable: el Amor de Cristo que todo lo soporta.

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